SIN JAB, SIN DETERMINACIÓN, SIN TIRAR NO SE PUEDE GANAR, ASÍ CAYÓ BARTHELEMY POR LA 3era FAJA

Por Andrés Pascual

Dudé sobre si escribir o no esta crónica, porque no me gusta utilizar palabras duras contra ciertos boxeadores, pero el compromiso con sitios especializados obliga y hoy, a las 12 y media p.m del día siguiente, 11, hilvano estos renglones, porque, a fin de cuentas, soy cubano y aprecio a Salas como lo mejor de su oficio en la historia de Cuba entre profesionales y como a uno de los 5 mejores de la actualidad boxística rentada.

Rancés Barthelemy (26-1, 13 KO’s, 1 NC) no oyó a la esquina en la revancha contra el bielorruso Kiryl Relikh en San Antonio, no usó el jab, no tiró lo necesario y su agresividad fue por momentos; insuficiente para ganar la faja mundial que quería y que le hubiera abierto espacio como el únco boxeador cubano con tres campeonatos a su haber, aunque no el mejor de la historia de esta disciplina en la Isla; es decir, no cumplió el abecedario, desobedeció la cartilla obligada y le costó la pelea, al modo mío de verlo, perdió por la clásica milla, en mis apuntes, 118-109.

El acoso, la agresividad de Relikh (22-2, 19 KO’s), que tiró entre jabs y otros golpes a razón de 12-1, le dieron la decisión judicial unánime con tarjetas de 118-109 (2) y 117-110 el tercer magistrado, y sin ningún comentario adverso, porque fue así como perdió el cubano, apabullado por un oponente que hizo todo por ganar, mientras que Barthelemy no pareció goloso, hambriento por la faja que le pondría en las manos de la historia del gran boxeo cubano.

El habanero no dio impresión de querer llevarse el éxito y fue apático, conservador, preocupado porque no le dieran, con destellos de doble campeón por instantes, demasiado pocos para someter a quien sí tuvo interés en levantarse como el monarca del peso juniorwelter versión AMB.

Relihk es un buen boxeador, es fuerte, se mueve bien, tira todo lo que pueda y a dónde sea, por eso, por su determinación en la victoria tuvo a Barthelemy en franco plano defensivo casi todo el pleito, el boxeador cubano dio la impresión, hasta entonces desconocida en él, de que temía el golpe que lo lastimara y así no se puede ganar, porque al ring hay que subir a morirse.

Tal vez esa actitud fue lo único que sacó como conclusión y experiencia de la primera pelea, muy cerrada pero lo tiraron, lo que, a veces, hace efecto retardado en el subconsciente del gladiador y lo predispone a no atacar con decisión, sino a protegerse más que a exponerse al cambio de golpes.

Durante casi todo el trayecto estuvo sin distancia ni en media infight, al extremo de que golpeó bajo más de 5 veces, una de las cuales le costó un punto.

La pelea, revancha de una victoria del antillano hace 9 meses, muy apretada y en la que cayó por konckdown, tenía el condimento de ser un momento de gran expectativa para el boxeo cubano, porque hubiera representado la 3era corona antillana individual, no pudo y ese palmarés enorme (o enano, dependiendo de quién y cómo lo vea) queda a la espera de otro momento, como el no hit no run para nuestro beisbol en Grandes Ligas, donde ningún criollo ha podido lanzarlo hasta hoy.

Con respecto a la esquina del capitalino, que pareció no interesarle a Barthelemy y la mantuvo ausente o, por lo menos, alejada de la actividad, Salas siempre tiene una estrategia definida: TIRA COJONES, QUE EL BOXEADOR QUE NO TIRA NO GANA y Barthelemy, por instinto de conservación o por lo que sea, hizo lo que le dio la gana: dejar que pasaran 12 rounds y perder no muy emotiva ni heroicamente, la única forma como no puede perder o ganar un doble campeón mundial que, por serlo y proceder de donde es, estaba obligado a más, mucho más de lo que hizo anoche con su pueblo, con el deporte y con él mismo.

¿Caprichoso? Yo no sé, no puedo ubicar a qué obedeció la forma ratonera como perdió Rancés Barthelemy, que decidió cubrirse, huir, no tirar, cambiar a una guardia que ni domina coordinadamente en la peligrosa media distancia, en vez de caerle a leña a un hombre que, viéndolo bien, porque tiene clase, hubiera sido la única forma de cambiar el sabor de la derrota.

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