BRUNO DISTEFANO
A los nueve años, en una casa del barrio porteño de Banfield poblada mayoritariamente por mujeres, el pequeño Julio se sentaba frente a una radio de galena para escuchar los ecos de una batalla que ocurría a miles de kilómetros de distancia, en el Polo Grounds de Nueva York. Era el enfrentamiento por el título mundial de los pesos pesados entre el campeón Jack Dempsey y el retador argentino Luis Ángel Firpo, el Toro Salvaje de las Pampas.
Lo que sucedió en aquel cuadrilátero, Cortázar lo describiría décadas más tarde como una “tragedia nacional”. La imagen de Firpo lanzando a Dempsey fuera del ring con un derechazo formidable, para que luego el árbitro y el público ayudaran al norteamericano a reingresar fuera de la cuenta reglamentaria, constituyó el primer gran relato de injusticia y épica que alimentó su mente. Para él, técnicamente Firpo había ganado y el estadounidense debió ser descalificado. Aquella indignación colectiva, esa “humillada melancolía casi colonial” que inundó las casas argentinas tras el desenlace, fue la semilla de su vínculo con el boxeo.
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El día que Cortázar fue boxeador: Monzón, Mantequilla y una historia de espías – TyC Sports
